Cuando una postura toca el alma.
Hay momentos en la práctica en los que una postura nos desafía más de lo habitual. El cuerpo se resiste, la respiración cambia, aparece la incomodidad y, sin saber muy bien por qué, también pueden surgir emociones. Frustración, tristeza, enojo, miedo o una profunda vulnerabilidad.
Y entonces entendemos que nunca fue solo una postura.
El yoga nos enseña que somos cuerpo, mente, emoción, energía y alma. Cada vez que abrimos el mat no estamos simplemente estirando el cuerpo; estamos entrando en un espacio sagrado de encuentro con nosotros mismos. Un espacio donde la energía empieza a moverse, donde lo que estaba estancado busca liberarse y donde aquello que permanecía en silencio encuentra la oportunidad de ser escuchado.
Muchas veces creemos que el verdadero desafío es llegar a la postura. Pero, en realidad, el desafío es permanecer presentes mientras algo adentro nuestro se transforma.
Cada postura nos invita a observar. ¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué parte de mí se resiste? ¿Qué historia guarda mi cuerpo? ¿Qué emoción necesita ser abrazada? En esa observación consciente se genera un diálogo con el alma, porque ella siempre encuentra la manera de hablarnos. A veces lo hace a través de la calma. Otras veces, a través de la incomodidad.
Por eso la práctica nunca debería convertirse en una competencia. No importa quién llega más lejos, quién es más flexible o quién sostiene una postura por más tiempo. El verdadero camino del yoga es profundamente interno. Es el viaje de volver a casa, de conocernos sin máscaras, de abrazar nuestras luces y nuestras sombras con la misma compasión.
Cuando dejamos de luchar contra la incomodidad y empezamos a escucharla, descubrimos que ella no vino a castigarnos. Vino a enseñarnos. Porque muchas veces aquello que más nos desafía es justamente la puerta hacia la expansión.
Cada respiración consciente, cada postura sostenida con presencia y cada instante de entrega son una oportunidad para recordar quiénes somos en esencia. No para convertirnos en alguien diferente, sino que, es una invitación a soltar aquello que ya no nos pertenece para volver a nosotros.
Quizás esa sea la verdadera práctica del yoga: permitir que cada movimiento nos acerque un poco más a nuestra esencia, hasta que un día entendamos que la postura más importante no es la que hacemos con el cuerpo, sino la que elegimos frente a la vida.



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